«El VIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania de 1976, el histórico informe del camarada Enver Hoxha y todos sus otros documentos, constituyen un profundo análisis científico de principios –lleno de conclusiones revolucionarias– de las condiciones en las que se desarrollan la construcción del socialismo en nuestro país y el actual movimiento comunista y obrero del mundo en su conjunto. Una de estas conclusiones es la tesis de que «el mundo está en una etapa en que la cuestión de la revolución y la liberación nacional de los pueblos no es sólo una aspiración y una perspectiva, sino también un problema planteado que espera solución».
En sus trabajos teóricos, Marx y Engels hicieron un análisis de los mecanismos internos de la sociedad capitalista, ahondaron en sus secretos más profundos y descubrieron que el orden capitalista se mueve de manera irrevocable hacia su destrucción, que esta destrucción será la obra del proletariado que llevará a cabo la revolución socialista y establecerá su propia dictadura. El desarrollo de la historia ha confirmado plenamente esta conclusión de Marx. El capitalismo muy pronto reveló sus males incurables. Rápidamente se convirtió en un escenario de feroces batallas de clase por la revolución, por el establecimiento del poder estatal proletario.
Las nuevas características que el capitalismo adquirió con su transición al imperialismo hicieron aún más profundas todas las contradicciones internas irreconciliables del capitalismo, convirtieron al capitalismo en un sistema agonizante y en descomposición, en un orden que está en vísperas de la revolución. «El imperialismo, dijo Lenin, es la antesala de la revolución social del proletariado. A partir de 1917 esto ha sido confirmado a escala mundial».
El análisis del imperialismo de Lenin conserva toda su fuerza y validez, su previsión de que la revolución social del proletariado es la única alternativa se conserva inconmovible en la actualidad. Día a día, el mundo del capital y la burguesía trae malas noticias, muchos signos abiertos o indirectos, que hablan de la creciente gravedad de todas las contradicciones básicas del imperialismo: entre los todopoderosos monopolios y las masas trabajadoras, entre el imperialismo y los pueblos oprimidos, y entre los propios imperialistas. Ellos dan testimonio de la profundización de la crisis general que se ha apoderado de todos los aspectos de la sociedad burguesa-revisionista, ya sean económicos y políticos o ideológicos y culturales, de toda su base y superestructura.
El cierre y la quiebra de cientos de miles de fábricas y plantas en todos los países capitalistas sin excepción y, sobre esta base, el creciente desempleo crónico de millones y millones de trabajadores –más de 100 millones en la actualidad–; el aumento del costo de vida, que aumenta no sólo cada año sino cada mes y cada día; la anarquía de la producción, que adquiere cada vez mayores proporciones; la crisis monetaria y cambiaria, en la que todo el sistema de pagos e intercambios empieza a tambalearse; muestran con mayor claridad que el sistema capitalista basado en el poder absoluto de los insaciables monopolios es incapaz de administrar las fuerzas productivas de la sociedad, que las destruye en masa, privando a la sociedad de cualquier posibilidad de desarrollo. El sistema capitalista sigue siendo lo que siempre ha sido, un sistema de explotación del hombre por el hombre, un sistema de enorme miseria y pobreza, un sistema que cobra millones y millones de vidas. Por su propia existencia, el imperialismo convierte al proletariado en una fuerza de oposición, le empuja inevitablemente hacia la revolución, no le deja otro camino de salvación que no sea levantarse contra el sistema y establecer mediante la violencia su propia dictadura, la dictadura del proletariado.
La otra contradicción típica del capitalismo, también, la contradicción entre las potencias imperialistas por el reparto y el nuevo reparto del mundo, se ha vuelto más feroz que nunca. Hoy en día, estas superpotencias, el imperialismo norteamericano y el socialimperialismo soviético, se enfrentan entre sí con un salvajismo sin precedentes. Con su política de expansión y hegemonía, su frenética carrera armamentista para equiparse con las armas más poderosas, se han convertido en un peligro permanente, una amenaza cotidiana a la libertad y a la seguridad de muchos pueblos, grandes y pequeños, distantes o cercanos, en todos los continentes. Mientras existan, ningún imperialismo puede renunciar a su tendencia agresiva. La agresión es la naturaleza misma del imperialismo. Con la presión que ejercen sobre los pueblos, con las conspiraciones que urden cada día contra su libertad e independencia, con la nueva guerra mundial que están preparando activamente, el imperialismo norteamericano y el socialimperialismo soviético se han convertido en los principales enemigos de los pueblos. En estas circunstancias, los pueblos no tienen otra alternativa que lanzarse a la lucha de liberación, el proletariado no tiene más remedio que levantarse en una revolución violenta y establecer su poder estatal. El triunfo sobre la burguesía de su propio país es también la condición principal para que el proletariado pueda hacer frente a la amenaza planteada por las dos superpotencias. La burguesía de los distintos países está vinculada de una manera u otra con tal o cual superpotencia. Esto hace que sea absolutamente necesario que el proletariado, que avanza hacia la revolución, mientras lucha contra su propia burguesía, no deba olvidar el peligro proveniente de las superpotencias; y mientras lucha contra la amenaza planteada por las superpotencias, no debe olvidar a su propia burguesía que le oprime y explota. La lucha contra su propia burguesía y la lucha contra la amenaza de las superpotencias no constituyen dos problemas distintos, sino dos aspectos de un mismo problema, que sólo la revolución del proletariado y su poder estatal puede resolver de una vez por todas.






